Solo hasta fecha muy reciente el Congreso de nuestro país mediante la Ley 1874 de diciembre de 2017 re-estableció la enseñanza de la historia en nuestras instituciones educativas, a ello debemos sumar una oportunidad para resurgimiento de las humanidades como disciplinas fundantes y estructurales en todo tipo de conocimiento. Denostadas y arrojadas al olvido por fuerza de la ideología productivista que privilegiaba los desarrollos y conocimientos técnico-instrumentales dentro una cción de bienestar materialista, la compleja realidad se encargó de demostrar que sobre el futuro de nuestras sociedades se ciernen riesgos de estabilidad ambiental y de crisis repetidas en las que la deshumanización, la ausencia de valores, la pérdida de la fe y la
esperanza conducirían indefectiblemente a procesos casi apocalípticos a nivel tanto de país como de comunidad global.
En nuestro caso particular, la ausencia de una perspectiva crítica en el reconocimiento de nuestra memoria, el origen mismo de los conictos, las condiciones materiales y simbólicas que propician las diferentes desigualdades, la falta de perspectiva global y local, la construcción y fortalecimiento de la identidad, la incapacidad de comprender un territorio, entre otros aspectos, determinó para un país en permanente conicto, la repetición de todo tipo de violencias de las cuáles aún, desafortunadamente no nos hemos podido desprender.